Los funcionarios sumisos e incapaces de tener un criterio propio se escudaban en la obediencia debida para declararse inocentes de los delitos cometidos en el cumplimiento de las órdenes de su organización. Los millonarios arrogantes y maquiavélicos, en cambio, se escudan en la delegación de su autoridad para declararse también inocentes de los delitos cometidos sistemáticamente en sus empresas por los directivos bajo sus órdenes.
Nadie sabe nada, nadie es responsable de nada. Unos por su escaso poder y otros por su poder excesivo. Solo organizaciones muy complejas y bien entrenadas pueden alcanzar esta perfección en su impunidad.Las responsabilidades se diluyen por todos los lados. Arriba, porque los más poderosos no van a salvar la cara a sus subordinados. Abajo, porque hay un disolvente formidable que conduce al silencio e incluso a la resignada aceptación de la culpa: el dinero, materia de la que hay en tanta abundancia en la casa como para inundar al entero departamento de policía.
Unos echan el paquete infame para arriba, los otros lo sueltan para abajo. Todos lo lamentan, pero nadie se lo queda. Pero la novedad es la subcontratación del mal. La subcontrata permite externalizar las responsabilidades: abogados, detectives, periodistas son los que cargarán con el muerto. Se puede incluir así en los costes el precio a pagar por el delito y su ocultación.
Las pruebas son escasas: hay ejércitos de investigadores privados, asesores legales y ejecutivos dedicados eficazmente a su desaparición. Las escenas, en cambio, son abundantes, trágicas unas, dramáticas otras, y de vodevil las más, y no hay forma de esconderlas: sobre todo las que implican al primer ministro y la transitada puerta trasera de su casa.El interrogatorio de los sospechosos a cargo de los parlamentarios también tiene mucho de actuación teatral. Es parte del vodevil. Además de millonarios son unos excelentes actores, unos farsantes.
Al final, todos saben, dentro y fuera, que no se mueve una hoja de papel sin la autorización del patrono, que está en todo, gestiona directamente todos los conflictos, resuelve personalmente todos los acuerdos y cierra todos los pactos.
Lo más hilarante es que esta historia de periodismo sin escrúpulos sería una materia magnífica para un periodismo sin escrúpulos como el que está bajo la lupa. Nunca tendrá Rupert Murdoch la cobertura periodística que se merece: una como la suya propia.
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