“Si cae el euro, cae Europa”. Son palabras de la canciller alemana, Angela Merkel. Y no de ahora, cuando el quinto tramo de ayudas a Grecia ha quedado en el alero a la espera de que los griegos acepten más reformas, más recortes, más dolor. Lo dijo hace ya algo más de un año después del fin de semana atroz en que estuvimos al borde del abismo, cuando España entregó las llaves de su gobierno al Banco Central Europeo y a la cancillería alemana.
En un año nada ha mejorado, al contrario. Cada vez son más los que dudan del método elegido para salvar las deudas soberanas de los países periféricos y para salir de la crisis. El malestar está ya en la calle, en forma de movilizaciones. Si los europeos se manifiestan contra “el pacto del euro”, es decir, contra los acuerdos para salvar la moneda única, muy fácilmente van a manifestarse pronto contra la moneda única.La enorme atención con que todos seguimos las peripecias de las deudas periféricas y el creciente malestar social en toda Europa nos hace olvidar a veces que el desmontaje de Europa no es exclusivamente económico y monetario. La pulsión disgregadora alcanza a todos los planos de la actividad europea: a la libre circulación garantizada por el Tratado de Schengen, a la voz única que pretendíamos en los asuntos internacionales o incluso al mercado único que garantizaba la libre circulación de mercancías y servicios.
Cada uno de los problemas que se nos presentan, como es la llegada de inmigrantes norteafricanos, la guerra de Libia o la crisis de la bacteria E-coli sirve para desunir más a Europa y encrespar los ánimos unos países contra los otros. Exactamente lo contrario de lo que sucedía antes, cuando cada dificultad reforzaba a las instituciones europeas y a la voluntad política de los europeos.
No es una crisis de Europa, es una crisis de los países europeos que afecta muy directamente a los ciudadanos europeos. En el caso de la infección por la bacteria E-coli, con los pepinos españoles como primeros sospechosos, nada funcionó bien en Europa, desde la administración regional, pasando por la nacional, hasta terminar por la europea. Sin mencionar las montañas de reglamentaciones y normas sobre seguridad fitosanitaria, comités alemanes y europeos, sistemas de armonización legal y controles de administraciones y laboratorios expertos que de poco sirvieron.
Ahora con Grecia estamos llegando al cabo de la calle. Tenemos poca Europa y no queremos la poca Europa que tenemos. El europeísmo ya no atrae ni gusta. Nadie se atreve a reivindicar la solidaridad europea, porque apenas se atreve nadie a revindicarla ni siquiera dentro de los países. En casa, todos queremos el mismo gasto social con menos impuestos. Y en Europa, las ventajas de pertenecer a un conjunto mayor que nos apoye en circunstancias difíciles, pero sin poner un céntimo, dejando que pague el vecino. Sobre todo, nada de una unión de transferencias, el gran espantajo de los alemanes.La crisis del euro se resume en que las opiniones públicas de los países sin crisis (Alemania) se niegan a pagar y las opiniones públicas de los países en crisis (Grecia, España) se niegan a sufrir los recortes. Unos y otros rechazan que sus representantes tomen decisiones que afectan a su bolsillo o a su bienestar sin ser consultados. Ya no es el euro sino la propia democracia la que queda en cuestión. Y lo peor que podría pasar está ya a punto de pasar: por no querer sufrir nadie, todos sufrirán sin que nadie gane nada; lo contrario de lo que sucedía antes, en que todos ganaban porque todos estaban dispuestos a sufrir y sacrificar un poco.
(No se pierdan la historia tal como la cuenta Der Spiegel, el semanario alemán que ya considera al euro como un obstáculo para Europa. Der Spiegel ya ha invertido el orden de la ecuación merkeliana. No es que vaya a caer Europa si cae el euro; es el propio euro el que es un obstáculo en sí mismo para que Europa siga existiendo. Conociendo la influencia del semanario, para echarse a temblar.)
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