domingo, 26 de junio de 2011

OCCIDENTE : "LA REINVENCIÓN DE LA POLÍTICA"


Este es el titulo de un libro que lleva ya unas semanas en las librerías y aparentemente nada tiene que ver con las protestas de los indignados, a pesar de que la frase que lo encabeza bien pudiera servir para explicar lo que están intentando los jóvenes españoles desde el 15M. Su autor es un periodista mexicano, joven también, que ha venido observando con toda la atención el uso de las tecnologías de la información y de la comunicación en la política estadounidense, y especialmente en los procesos electorales. Se llama Diego Beas, mantiene abierto un blog sobre política y comunicación y aunque su libro fue escrito antes de que las plazas españolas se llenaran de corros y asambleas lo que nos cuenta sirve bastante para entender lo que está ocurriendo.
La campaña presidencial de 2008 que llevó a Obama a la Casa Blanca fue, según Diego Beas, un parteaguas que significó “el ocaso de la política analógica del siglo XX y el nacimiento de la digital del XXI”. El éxito de Obama no se explica sin “las nuevas formas de comunicar con el electorado, para movilizar, reaccionar, discutir o recaudar fondos” que proporcionan las tecnologías digitales. Las redes sociales permiten una conversación sin intermediarios, sin “la tutela de un medio de comunicación o de un representante político”, un tipo de comunicación “accesible, instantánea y planetaria” y democrática por tanto para todo aquel que esté conectado. Lo único que separa y diferencia dentro de la sociedad es la experiencia de la conexión, de la que se apropian generacionalmente los nativos digitales, o ciudadanos que han sido ya alfabetizados digitalmente en vez de adquirir el conocimiento del instrumento después de su alfabetización analógica.
El fenómeno, es por supuesto, muy anterior a Obama. Recaudación de fondos electorales a través de medios digitales la hubo en 2000. En 2004, el candidato a las primarias demócratas Howard Dean hizo ya un uso muy afinado de los instrumentos digitales, integrándolos en su concepto político y no como meros gadgets tecnológicos. Según Beas, en 2003, año de la guerra de Irak, podemos encontrarnos con que instrumentos de este tipo permiten “manifestaciones masivas en decenas de ciudades de todo el mundo organizadas desde un mismo sitio; respuestas inmediatas, coordinadas y masivas a las acciones de gobierno o gobiernos; escrutinio en tiempo real a miembros del Congreso o líderes electos que directa o indirectamente intervenían en el debate político”.
“Una nueva y potencialmente transformadora forma de organización política estaba emergiendo”, dice. En este nuevo paisaje mediático, los medios tradicionales y especialmente la televisión ya no ocupan el lugar central. Pasamos del modelo televisivo, vertical y centralizado, pesado y caro, al modelo digital, horizontal y difuso, ligero y barato. Con el primero llegábamos a grandes masas con un mensaje uniforme y cortado bajo un patrono general, con el segundo estamos obligados a adaptarnos a las demandas de cada uno de los ciudadanos. Es el mismo esquema de Long Tail que popularizó Chris Anderson.
“La elección de 2004, escribe Beas, marcó el inicio del fin de la era de la televisión como centro del diálogo político y abrió las puertas a un nuevo modelo de participación ciudadana”. El libro recoge una gran frase de Joe Trippi, uno de los gurús de la política tecnológica: “El nuevo formato exige autenticidad, mientras la televisión exige sobre todo falsedad. La autenticidad no es algo que caracteriza a la clase política”. Lo que sucede con los medios también tiene aplicación para los partidos y sindicatos. “Las tecnologías ofrecen la posibilidad de lanzar y organizar movimientos sociales independientes capaces de acumular poder para presionar a los estamentos políticos más altos”, leemos. Si Obama triunfó fue precisamente porque organizó una red de apoyo nueva y paralela a la del partido demócrata, que luego ha mantenido a través de Organizing for América, un movimiento para apoyar sus políticas y sus decisiones, que sin duda jugará de nuevo un papel electoral en la campaña de 2012.
Todo esto dibuja una nueva utopía tecnológica, que golpea como un martillo sobre las ideas convencionales del siglo XX: la de que es posible eliminar o reducir la intermediación en gran cantidad de ámbitos de la vida social y política. En la economía y en las empresas, por supuesto, como ya se ha demostrado. En los medios, corroídos por la fuerza de las redes sociales. También en la política: de ahí la impugnación de la representación, ese “no nos representan” tan lacerante para la democracia parlamentaria. O en el sindicalismo: ahora surge la idea de una huelga general sin sindicatos. Estamos ante la irrupción de un proyecto de conexión directa con los ciudadanos y entre ciudadanos, el P2P (peer to peer) aplicado a todos los ámbitos de la vida social, con la pretensión de prescindir de los representantes, mediadores y filtros de los medios de comunicación tradicionales.
Diego Beas se adentra también en el uso de las tecnologías para gobernar, mejorar la transparencia, la participación del ciudadano y la gobernanza en general. Obama, dice, quiere instalar el gobierno más abierto y transparente de la historia. Pero este es un terreno que requiere todavía mucho análisis y reflexión: Obama es también el presidente que se enfrenta a Wikileaks y mantiene encarcelado al private Manning. Cuando Diego escribió su libro todavía no había explotado Wikileaks, no había empezado la primavera árabe y nada se podía intuir del 15M y de los indignados. Pero en todos estos fenómenos detectamos la misma voluntad de reorganizar y reinventar la sociedad política gracias a unos nuevos instrumentos tecnológicos.
Sabemos y podemos intuir todavía muy poco a dónde llevará todo esto. Estos nuevos medios se han revelado como instrumentos muy buenos para hacer oposición, derrocar gobiernos, e incluso para movilizar y ganar elecciones en los países de democracia asentada, pero no es tan seguro de que luego tengan un uso tan fácil y práctico para organizar, gobernar y administrar. Estamos en el banco de pruebas y el único problema es que las pruebas no se hacen sobre unas cobayas, sino que las cobayas somos nosotros mismos.

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