¿Por qué los egipcios no se rebelan? Así empieza Aala Aswany, dentista cairota y escritor mundialmente conocido por sus novelas El edificio Yacubian y Chicago, el prólogo de su libro de reciente aparición en castellano ‘Egipto: las claves de una revolución inevitable’ (Galaxia Gutemberg). Lleva la fecha de febrero de 2011 y está escrito en los días de la caída de Mubarak, “desde la plaza Tahrir”. Recoge artículos publicados desde 2005 en la prensa egipcia bajo la dictadura de Mubarak, aprovechando los márgenes de libertad que la dictadura no tenía más remedio que tolerar.Las historias casi siempre dramáticas de Al Aswany van más allá de Egipto y son útiles también para entender la primera de las revoluciones árabes, la que ha terminado con el régimen de Ben Ali en Túnez. Al menos en dos puntos que hay en común entre las dos dictaduras: la dureza inhumana del Estado policial y los esfuerzos de la familia gobernante para perpetuarse en el poder mediante una sucesión monárquica en ambas repúblicas.
A la hora de responder a la pregunta inicial, al libro de Al Aswany le falta una explicación completa sobre las causas de una revolución tan tardía. O al menos hay algo que el escritor cairota no subraya suficientemente: Mubarak aguantó más tiempo de lo previsible gracias al apoyo de Estados Unidos e Israel, al igual que Ben Ali hizo lo propio gracias a similar actitud de Francia. Ambos eran regímenes de una corrupción colosal, que en el caso tunecino encontró la complicidad de la elite política y mediática francesa, a derecha e izquierda, tal como ha contado el periodista francés Nicolas Beau en sus libros escritos a dos manos con otros colegas: con Jean-Pierre Tuquoi, ‘Notre ami Ben Ali’, con Catherine Graciet ‘La régente de Carthage’ y con Arnaud Muller ‘Tunis et Paris. Les liaisos dangereuses’.
La ausencia de esta explicación no es un defecto de Al Aswany, sino una cuestión relacionada con el objetivo que perseguía en sus artículos. El escritor se dirige al público egipcio, hace pedagogía política, ataca al régimen con inteligencia y sutilidad, y para hacer todo esto no tiene necesidad alguna de buscar constantemente explicaciones exteriores. En su minuciosidad y en su astucia para llegar cada vez más lejos en la libre expresión de sus ideas los artículos de Al Aswany recuerdan a otras dictaduras en las que los blindajes del régimen fueron perforados por el esfuerzo de periodistas y escritores.
Ahí aparece una de las diferencias fundamentales entre Egipto y Túnez. Las dos dictaduras parecen gemelas desde lejos, pero son muy distintas desde la cercanía. Quizás por el tamaño del país, la de Ben Ali era mucho más férrea. Nadie podía publicar en Túnez unos artículos tan ardientes contra la dictadura. Nadie podía terminar sus artículos con la letanía magnífica que corona los de Al Aswany: la democracia es la solución.

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