sábado, 11 de junio de 2011

REVOLUCIONES ÁRABES/ ¿COMO SE ECHA A UN DICTADOR?

Al primero, por los engaños de su mujer y su familia. El no quería irse. Pero le subieron al avión a rastras. Le amenazaron incluso. Los más piadosos improvisaron en la escalerilla la comparación con De Gaulle, que desapareció de París mientras los jóvenes levantaban las barricadas y se fue a Alemania a ver a su amigo, el general Massu (Túnez).
Al segundo, por los engaños propios de quien se cree invulnerable incluso después de abandonar el poder, que son autoengaños. A quien habla de tú a tú con todos los grandes de este mundo, es el garante de la paz y de la estabilidad en la zona y se considera poseedor de secretos y facturas de todos los que cuentan, se le hace imposible comprender que el palacio de verano donde se retira y jubila se convertirá muy pronto en la cárcel donde le detendrán y en el mejor de los casos le harán cumplir la pena que le impongan los tribunales (Egipto).
Al tercero, por la acción de las instituciones internacionales, que decretan su busca y captura, lanzan a sus aviones a bombardearle para evitar que siga asesinando a sus conciudadanos y terminarán abriendo el paso a la oposición armada que le derrocará. Como es un beduino, acostumbrado a someterse al rigor del desierto y a privarse de cualquier cosa con tal de sobrevivir, no será fácil terminar con él y mucho menos verle encerrado en una celda de Schevenigen, en La Haya (Libia).
Al cuarto, a cañonazos. Sus rivales tribales aprovechan las protestas populares, primero gastan su dinero y su influencia, y cuando no consiguen convencerle de que deje de engañar a unos y a otros firmando acuerdos que nunca cumplirá le pegan un cañonazo que le obliga a curarse en el extranjero. Quien tiene quemaduras del 40 por ciento a una cierta edad cuenta con razones poderosas para firmar finalmente su renuncia (Yemen).
Al quinto, ay, no se sabe muy bien cómo se le desaloja, aunque la fuerza y la prepotencia de su clan permite sospechar que le pueden despachar lo suyos en caso de que no demuestre suficiente dureza con la revuelta que sigue encendida y creciendo dos meses después de empezar. Pero pintan bastos y parece seguro que también caerá (Siria).
Del sexto ya apenas se puede decir nada. A estas alturas de las cuentas debería tocar a alguna monarquía. Y, por el momento, todas parecen bien apalancadas y sin ganas de que vaya con ellos la caza y caída de los sultanes que se ha desencadenado en su entorno geopolítico. Muchas son las que se lo merecen, y la que más la mayor y más poderosa, donde se refugian y exilian los dictadores y desde donde sale la ayuda para que no caigan (Arabia Saudí).
Pocos podían imaginar que la Unión Soviética iba a desaparecer cuando empezaron las huelgas de Solidarnosc en Polonia, en 1980, ni siquiera cuando se cayó el Muro de Berlín en 1989 y se unificó Alemania. De pronto, la historia se aceleró entonces y lo impensable se convirtió en posible. Exactamente como está sucediendo ahora. Por eso quienes observan con mayor inquietud y atención todo lo que está ocurriendo, al igual que hicieron en 1989, son los inquilinos de Zhong Nanhai, el complejo residencial de Pekín donde vive la nomenclatura gobernante en China.

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